La División

Published on 9 February 2018

Según la leyenda, hubo una versión de seis horas de The Divide, la entrada tardía de Alan Ayckbourn, a los 78 años, en el género distópico juvenil. Algunos asistentes al Festival de Edimburgo incluso afirmaron haberlo visto. Viendo esta producción revisada, que apenas dura tres horas y cuarenta y cinco minutos, cuesta imaginar las expansiones.

Mientras te arrastras hacia casa piensas que quizá Ayckbourn, el gran gallo del teatro británico, aspiraba a algo parecido a la grandiosidad shakespeariana – una tragedia protagonizada por un par de amantes desafortunados; una letra con algo que decir sobre la creciente toxicidad y desconfianza entre los sexos a la luz de las disputas sobre el sexismo cotidiano, la desigualdad salarial y, por supuesto, el reciente discurso "Metoo" que ha convertido las redes sociales en un catálogo de acusaciones de agresión sexual.

Lo que obtenemos es ingrávido; una obra, o "narrativa para voces" como la describe sin sentido la publicidad del Old Vic, carente de poesía o profundidad, que recuerda a películas más agudas y distopías literarias. John Boorman, Margaret Atwood y Arthur Miller, por nombrar solo tres, lo han hecho con más profundidad y enfoque, y en el caso del dramaturgo mencionado, con mayor concisión.

Aquí, un mundo de segregación de género postapocalíptica se presenta con trazos amplios, a menudo caprichosos. The Divide está enmarcada como un poema épico, una historia oral del futuro, pero sin ingenio ni perspicacia parece un cuento de hadas, y uno cargado de clichés de ciencia ficción y fantasía. Personajes con nombres sin raíces, el fin de la historia como el fin de la geografía establecida, la amenaza de una vieja enfermedad mantenida viva para mantener el orden social y político – conocemos estos tópicos como viejos amigos, Aunque viejos amigos nos gustaría ver menos.

La política de la obra de Ayckbourn es confusa y confusa. Cuenta con credenciales progresistas: las relaciones entre lesbianas y gays se convierten en los nuevos valores predeterminados (omitiendo el transgénero), pero para cuando el viejo/nuevo orden social se desmorona, hemos retrocedido a una afirmación de la heteronormatividad. No es el imperativo biológico lo que falla, sino la atribuición de la palabra "normal". Un clímax sentimental, tan cursi que drena la sangre de tu zona de género, te recuerda que el amor es algo fluido que no conoce límites, pero alguien olvidó decírselo a los personajes.

En mi actuación, acosada por errores técnicos, el público se levantó al final, habiendo aplaudido prematuramente para cerrar la obra, en agradecimiento y simpatía con Erin Doherty, que como nuestra narradora Soween (suena como Zoe de la fila Q), cargó con todo sobre sus delgados hombros. Doherty puede ser la única razón positiva para ver la locura de Ayckbourn, tal es su profesionalidad y calidez. Su tierna interpretación transmite la ingenuidad que caracteriza toda la empresa. En resumen, ella sirve de puente entre dramaturgo y público. Ayckbourn podría haber hecho más para ayudar, pero nada se convierte más en The Divide que una mujer haciendo todo el trabajo duro.

Ed Whitfield

By Ed Whitfield

Ed Whitfield es escritora, bloguera, amante y humanitaria.